viernes, 30 de noviembre de 2007

En el Habitáculo


El valor de ofrecer rock como si fuera la biografía heroica de alguien que nada en aguas calmas y dignificantes, y que sin necesidad de un reconocimiento masivo puede saberse tranquilo, que hasta el último suspiro, las mieles del bien, lo bañaron completamente. Algo de eso parece desprender de la agrupación Travesti, en cada presentación en vivo, como si se tratara de una aventura cosmogónica, en dónde abunda la energía grata y vivaz.


La noche era húmeda, y el embrión de este recorrido, se inicia a través de la densidad sonora de los teclados de “Vibraciones del Confort”, como si de repente, las luces indicarán que todo lo que la historia musical alumbró anteriormente, logré una nueva luz esperanzadora frente a la niebla creativa actual. Una fría tarde de mayo, cuando los inmigrantes eran más asiduos en el puerto que las golondrinas, con los ojos achinados luego del parto, la felicidad invadía los corazones de un par de vascos, marchitados por la interpérie económica de aquellos años 20’. La música en algún sentido, va definiendo con el correr del tiempo, el caparazón del gusto y la forma de afrontar las vivencias, que ya desde chico nos depositan en el lado correcto o el equivocado. Sutileza, y prestancia, se desprende en los bajos grabados que dan forma a “Poder Florecer”. Exitoso en seducción intimista, esa misma que endulza al oyente, sin poder llegar jamás a empalagarlo, ubicándose los acordes, estribillos y coda, el momento y lugar exactos, para que con el correr de los años, la composición grabada, tenga asegurado el lugar de recuerdo feliz y eterno, de esos que una noche cualquiera, nos llevan a ese territorio perdido, sin saber bien porque. Su flor biológica aún permanecía intacta, no había dueño en el presente, ni se avizoraba casero a futuro. Inesperado, y casi sin poder entenderlo, un muchacho morocho y de pelo castaño, utilizó las mismas palabras que cualquiera, para requerirle medio kilo de pan, La mano le temblaba, mientras lo pesaba, y ni se animaba a volver a mirarlo a los ojos. El tenue “adiós”, se transformó en un “si quiero”, 7 meses después, sellando con dichas palabras, un amor eterno por 60 años.
Todo lo que no mata fortalece, algo de ese parece reflejarse los sonidos industriales, en plan “Music Hall” de reviente toxicológico y existencial, que son “Juventud Residual”, y “Polstergeist”. La semilla podrida que nutre la infección letal urinaria, parece asomarse a través de esos golpes robóticos que dispara “Gauchito Sónico” desde los teclados, y la guitarra “a la deriva” de Floxon, mostrando de que pasada la sequedad del alma, una grata flora decora nuevamente la bilis. Las promesas y expectativas, chocan contra una realidad de sueño roto. Todas las mañanas, él la despide, y se va rumbo al hervidero mental y físico que es la metalúrgica. Cansado y hastiado, ella lo espera religiosamente en el portón de madera, a las 5 de la tarde, con la pava a punto, para poder sacarse ese gusto amargo y de desazón, que le depara cada jornada laboral. Un día, para sorpresa de ella, el se asoma sonriente y con una boina nueva de pana; lo habían ascendido a capataz. Los días podían empezar a ser más felices, luego del prolongado invierno de expectativas.
La capacidad de superarse, hace a la calidad de la especie, el juego de Travesti, en “Polstergeist”, va unidireccionalmente, (a partir del tenue “ambient” de los teclados), a buscar un habitáculo placentero, que recorte el momento, como si fuera esas fotos que dan cuenta de que lo trajinado, vale la pena por el solo hecho de tener ese lapso donde todo lo presente es sabrosa confitura. La cronología de los hechos, dan un resultado satisfactorio. El honor y los buenos códigos, traen la casa soñada, los hijos deseados, y la vida se decora de las nuevas flores filiales, que ella riega, transformándose día a día en hábil culinaria. Así va construyendo un istmo familiar fuerte a cualquier maremoto exterior. Agradable y sociable, para separar la buena, de la mala yunta, y sutilmente rectora de deberes y obligaciones con sus hijos, los cuáles, guiados por éstos, llegan todos a buen puerto.
Para poder dar cuenta de un abismo, hay que mostrar el vigor que uno posee para indicar que puede subirlo. “In-crescendo”, van los sonidos del sintetizador de “Gauchito Sónico”, para que se destape un espumante brebaje musical, a partir de los acordes de guitarra de “Bloody Mary”. Las estrellas fulgurantes, solo existen en la vía láctea, los que se tildan así en la vida terrenal, y están compuestas de carne y hueso, saben que para darle combustión, tarde o temprano tienden a traicionarse a sí mismos. Los “Travas” con casi 7 años de vida, definen su esencia musical, en una exposición adredemente grotesca de su arte, que los catapulta a un lugar de valiosa vanguardia, sin caer en clichés arquetípicos, ya sean estéticos o musicales. O sea, en un plano creativo, conscientes de sus dotes artísticos, dejan de lado cualquier alarde de mesianismo musical, construyendo una “dejadez” sonora certeramente atractiva, como si fueran una especie de Jean Paul Belmondo del rock, (en relación, con el “feo con más onda” del cine, y que a la vez, rompió la mayor cantidad de corazones de femme fatales del jet set). La estela voluntariosa de amor, encuentra el grato aprecio de una familia cada vez más numerosa, y nuevos amigos que por la dinámica contagiosa de su espíritu, siempre protegió y a la vez la protegieron. Las tareas domésticas, siempre la mantenían activa e incluso, se daba tiempo, de encontrarse con sus amigas de yoga, tener siempre a punto la comida para su esposo, atender a sus hijos o nietos, en caso de necesidades urgentes o inesperadas, y lo mejor, siempre siendo ella, errada o no en su terquedad por tratar de querer que sus seres queridos y amigos, naveguen por aguas felices, iluminadas por el lucero de su amor.
El show, se aproxima al final, los colchones de sintetizadores y teclados, buscan un cierto clima agnóstico industrial, y con el correr de los minutos, Floxon, empieza a cantar un cover de Los Ratones Paranoicos: “Vicio”. La letra y el tema es clave, para entender la mítica actual de la banda. Buscando en una letra directa y descarnadamente auténtica y mixturizándolos con esos sonidos densos de los teclados, Travesti pareciera unir la naturalidad de un fiambrero del conurbano, con la indulgencia y el panorama musical de Jim and William Reid (líderes de Jesús and Mary Chains), y en la experiencia, caer totalmente bien parado, frente a propios y extraños, uniendo un universo sonoro inimaginado y a la vez soñado. Un día cualquiera, ella se había enamorado, un día cualquiera supo que iba a tener hijos, un día cualquiera se enteró asombrada que iba a ser abuela, un día cualquiera repentinamente comenzó a sentir un agudo dolor en su cabeza. Ella preparaba la comida, mientras conversaban su esposo, hijos y nietos, sabía que algo no andaba bien, solo atinó a un pequeño saludo final, casi irónico: “Me duele la cabeza”-dijo, y cayó desmayada, mientras miraba de reojo a todos, antes del fulminante derrame. En esas últimas imágenes, pasaban todas las personas, que había conocido y a su manera apreciado, desde el que le vendía escobas, hasta sus compañeras coquetas de yoga, hijos, nietos, pasando como última instantánea en su retina, la cara asombrada del amor de su vida. Ella había construido, sin saber tocar una sola cuerda o tecla de algún instrumento, una música deífica e indestructible, uniendo a través de esta, la compasión, la alegría y el amor, y transformando a éstos en un legado infinito y próspero por los siglos de los siglos.

Dedicada a mi Abuela.

Bernardo Damián Dimanmenendez

lunes, 26 de noviembre de 2007

Caléxico: Entrevista a Joey Burns líder de la agrupación californiana


La tarde era húmeda, y en realidad no había pactado ningún tipo de entrevista, sólo esperaba abordarlo con un par de preguntas, para dar cuenta del perfil del líder de una de las bandas más importantes de la escena indie norteamericana de los 90’. Inesperadamente vi una persona rubia con un corte a lo “Big Star”, (por el look que supieron detentar los pioneros del “Power Pop”), sentado sobre un asiento de la vereda, en la puerta de la Trastienda. Así presentación de por medio, estas fueron algunas de las respuestas que Joey Burns ofreció respecto al panorama actual de la música y elementos (ya sea films o libros), que lo llevaron a definir su esencia como artista.

1- ¿ Cómo surgió tu interés por sonidos foráneos que más tarde te llevarían a catalogarte como uno de los pioneros del “Tijuana Sound”?
Bueno, a la memoria me vienen varios recuerdos. Luego del grunge, luego de Nirvana, comencé a interesarme por instrumentos acústicos de diversa parte del mundo, y sobretodo por la denominada “World Music”, sin saber bien cuál iba a ser el resultado final de todo eso.
2- ¿ Qué recuerdos tenés de los tours de los 90’, en los cuáles telonearon a bandas importantes del indie de ese entonces, como por ejemplo Pavement?
Bueno para mí Stephen Malkmus, es una persona que tiene la facilidad de hacer simple lo abstracto, y de una mentalidad sumamente compleja e interesante. Me encanta Pavement y obviamente es una de mis bandas favoritas. Igualmente hablar de la personalidad de Stephen y su mundo, es algo que nos llevaría horas, pues no se trata de algo fácilmente clasificable.
3- ¿ Cuáles son tus bandas preferidas de la actualidad?
Actualmente, me gusta Manu Chao, Dick Chapman, Allman Brothers y por supuesto Stephen (Malkmus)
4- ¿Conoces algo de la escena indie o under o del rock argentino en general?
Si, conozco a Juana Molina, estoy comenzando a inspeccionar la obra de Sumo y me interesa la forma con que el integrante argentino de Gotan Proyect, mixtura elementos autóctonos de la música argentina con la música electrónica.
5- ¿ Qué concepto de validez le queda al rock como elemento contracultural frente al avasallamiento corporativo que se ve últimamente de parte de las compañías discográficas?
5- Bueno desde hace ya muchos años, se están percibiendo cambios para nada favorables, en lo que respecta a este tema. El control de las grandes empresas sobre los artistas, se ha extendido cada vez más y más. Hoy en día el precio de los discos es demasiado caro. De hecho el costo entero de un cd con arte de tapa, para una banda under norteamericana, no excede los 3 dólares y las compañías los venden a un promedio de 20 dólares para arriba. Me imagino que en Argentina, los costos de un disco importado son aún mayores, lo que impide aún más el acceso de la gente a los albúms. Entonces, pienso que necesitamos un modo más equitativo de distribución de las obras que favorezca a los artistas y al público. Todo el mundo habla de la pronta desaparición del cd, debido al mp3. Pero pienso que el mp3, es malo, debido a lo magro de su sonido, que hace perder los detalles que antes podían escucharse en los discos de los 90’, hacia atrás.
6- ¿Cuáles son tus directores de cine o films favoritos?.
Me gustan los hermanos “Cohen”, especialmente su película “El gran Lebowsky”, también Jim Jarmusch, mi favorita es “Dead Man Walking”, Jhon Cassavetes, David Lynch, del cuál estoy esperando ansioso ver su última película “Inland Empire”. También me fascinó Qué viva México!, de Sergei Einsestein.
7- ¿Y con respecto a los escritores? ¿Te gusta la literatura “Beatnik”?
Carlos Fuentes, Paul Mc Carthy, Pablo Neruda, el cuál me parece muy agradable, Charles Bowden, Charles Bukowsky. Con respecto a los “Beaniks”, realmente no me gustan mucho, incluso tampoco siento una gran devoción por Kerouac.
8. ¿Cuáles eran las bandas que escuchabas cuando eras adolescente?.
Me gustaba el punk rock, especialmente The Minutemen, la cuál tenía una gran facilidad para mezclar diferentes estilos.
9.¿ Me podrías decir 10 palabras que atañen a Caléxico, e incluso no tengan relación con la música?
Si como no, eh, punk, poesía, folk, alegría, vino, amigos, Tijuana, California, derechos y paz.

Bernardo Damián Dimanmenendez

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Balconazo Indie


El jueves 3 de Octubre en el marco del Nuevos Aires Folk 2, las agrupaciones Fantasmagoría, Los Alámos y Caléxico se presentaron en la Trastienda. Como resultado final, se pudo apreciar como los californianos, demostraron en una hora y media de show, porque sus canciones regalan las dosis justas de melancolía y efusividad necesarias para el deleite de la audiencia.

La velada arrancó con el Folk-Punk de Fantasmagoría. El proyecto liderado por Gori, da la sensación de parecer un válido auto-exilio, superado todos dogmas adolescentes (musicales y filosóficos), que curtieron al ex Fun People, durante los 90’. Para ser más claros, es como si Mick Taylor superado todo el reviente que vivió con los Rolling Stones hasta mediados de los 70’ y que musicalmente terminó de definir la relación indeleble que los Stones sellaron con el rock, (a partir de discos como Sticky Fingers o Exile on Main Street) , de un acertado paso al costado para poder reinventarse y hacer de su arte algo mas descarnadamente intimista.
Algo de eso paso con Gori, luego contribuir en los 90’, a que los Fun People graben el mejor disco de su carrera (The Art(e) of Romance), y a partir de la evidente desazón por vivir en carne propia la teología bufonezca del circo rockero, era previsible que la reinvención personal venga de un cambio de línea musical y de indiosincracia compositiva. Así la banda, a partir de la dúctil mano, de su líder tiene la capacidad a través de acordes simples, y excelentes acompañamientos de batería, de unir la pulsión punk con la dinámica melódica de líneas más rupestres musicales, cosa que se demuestra a partir de temas como “El Río”, y “Albina”, y ese “hitazo”, que es “Gori llamando a Río”, al cuál, si Jhonny Thunders o Marc Bolan estuvieran al comando de la programación de “FM Hit” en Argentina, no dejarían de pasar tres o cuatro veces por día, para deleite de los oyentes.
Luego llegó el turno del narco-country blues de Los Alamos. Agrupación que pareciera ser perfecta para musicalizar cualquier film de Spaghetti-Western de Enrico Morricone, sobretodo a partir del caparazón sonoro de la guitarra eléctrica a cargo de Poly. El tema de Los Álamos es que parecieran estar tan cerca y tan lejos a la vez, de algo interesante, en el sentido de tener la capacidad por intuición artística de reactualizar valerosamente géneros musicales añejos, pero dicho “don” queda relegado, debido a la insistencia de la agrupación por componer las letras de los temas en inglés. La clave para entender esto, es su mejor tema “Cola de Cascabel”, en el cuál la voz quejumbrosa de Pedro, cala perfectamente en la galopante melodía del tema, logrando todo un universo personal y valioso, pero sobre el final cuando la letra se vuelca a la lengua anglosajona, la originalidad del tema, en su intento de buscar una “pangea musical”, termina pecando de exceso. No obstante, la banda es sobria musicalmente y el timbre de Pedro acicala perfecto, los sonidos que la banda va construyendo, solo les faltaría rediseñar, el “idiolecto” vocal, hacia un lugar más criollo, y menos foráneo.
Con más de 10 años de trayectoria los Caléxico se presentaron por primera vez en Argentina, recreando clásicos que le otorgaron un merecido respeto en el mundo de la música y nuevos temas de su último trabajo “Garden ruin”, editado el pasado año.
Pioneros de lo que fue el denominado “Tijuana Sound”, (ese que une el folk norteamericano con el “regio rock” mexicano), la banda abrió de la mano de su líder y cantante, Joey Burns, con el tema “Sánchez”.
Le siguió la balada “Yours and Mine”, “Jesús and Tequilla” y “Deep Down” destacando en esta última, el trabajo de las guitarras y la parte vocal, que sigue la línea de su último trabajo, en dónde la participación de instrumentos de viento es reducida, y recuperan la esencia de sus primeros años.
Con más de media de hora de show, aparece un tema clave para entender el magma musical de los californianos, “Roka”. A partir de su composición musical, desde el inicio con los tenues sonidos de xilofón, pasando por la voz sugestiva de Burns, hasta llegar al final mariachi, la banda logra unir dos polos de sentir la música, como lo son la esencia abatida e irónica del indie rock americano, con el desparpajo y juerga, que tiñe cierta parte de la escena alternalatina (especialmente el regio rock mexicano). Es como si por un momento, Stephen Malkmus (líder de Pavement) y Manu Chao, navegaran en el mismo océano musical, lejos de cualquier posible naufragio.
Esta capacidad de mimetizar mundos musicales disímiles, le otorga a Caléxico un lugar de merecido respeto, por hacer de su eclecticidad musical, un lugar de celebración “multiétnica”, en donde la imaginación creativa le gana a cualquier mundo sonoro anodino.
Le siguen a continuación “Close Behind”, “Stray”, “Cristal Frontier” y la emocionante “Letter to Bowie Knife”. Si hablamos de folk rock, y multiculturalismo musical, nada más acertado que cerrar el show, con el cover de Love (banda pionera en lo que respecta a esos temas), “Alone Again or.”
Así paso Caléxico, por la noche del jueves en la Trastienda, demostrando que en la esencia del “indie”, no solo se trata de una cuestión insípida y descorazonada, sino que también se puede con elegancia perderse en modelos menos frívolos, y no por eso quedar mal parado, o acaso no piensan que alguna vez, Ira Kaplan (líder de Yo La Tengo), no le improvisó alguna serenata nocturna a alguna “niñata” mexicana que le rompió el corazón.

Bernardo Damián Dimanmenendez

lunes, 19 de noviembre de 2007

Entre Trapito y Winnie Poe




El pasado Martes en el marco del ciclo “Mr and Mrs Rock ”, se presentaron las agrupaciones Poseidótica, El Mato a un Policía Motorizado y Los Peyotes. En los shows, brindados por las 3 agrupaciones, se asemejo un esqueleto musical que pareciera hacer las veces, de las principales cualidades del ser humano, como lo son el cerebro, su corazón y la vitalidad que aproveche de estos para `poder hacer de la vida algo medianamente estimulante.


La humedad hacia las 8 de la noche, había menguado un poco, así entre copetines y alguna que otra empanada, los escuchas esperaban el inicio del ciclo musical, para calmar el trajín de un día pleno de “fiebre laboral”, como lo son por lo general los martes.
Alrededor de las 20 y 30, Poseidótica abre el show, con “Tantra”, un tema que a través de su musicalidad parece enmarcarse en la ola sonora del Pink Floyd de Meddle, en dónde la psicodelia progresiva, busca un eco de resonancia, a través de los arpegios de guitarra, para que después de los redobles de batería se pase a acordes extensos, que decoren un paisaje que podría relacionarse, con una especie de espiritualidad “orgánica” sonora. A partir del concepto de título, la banda estructura una música que pareciera seguir sonidos que den una sensación como de “fotosíntesis musical” (en una línea mas “shoegaze” podría situarse (para guiar al lector), dentro del concepto de rock orgánico el primer disco The Verve, “A Storm in Heaven”).
Cada nota construye una topografía en donde la forma estará dada por los “clímax” que la banda inspeccionara. “Tantra” busca una cierta línea de armonía, que es cerrada a través de sutiles arpegios al final del tema.
La banda también busca contenidos musicales que tengan que ver con el “Stoner”, a partir de la ductilidad instrumental que sus 4 integrantes poseen. En este plano, la exploración sonora se hace mas intensiva y abrasiva, recorriendo lugares del hard-rock progresivo (como pueden ser los primeros discos de Deep Purple).
Aquí la geografía musical se asemejará a una erupción volcánica, en dónde la lava despedida, no deja ningún recóndito para salvaguardar el oído al fuego sonoro que la banda propone. En esta línea pasan, temas como “La Nave”, “Tiempo y Espacio”, “Anfibio” y cierran finalmente con “Aquatalan”.
Poseidótica es una banda consciente de sus ductilidades instrumentales, y a través de la musicalidad desplegada se siente felizmente culpable de ello, tratando siempre de recrear a través de las canciones, atmósferas sonoras que recorren desde la tranquilidad más amena hasta el desequilibrio más contusivo por pánico existencial.
A continuación fue el turno de “El Mato a un Policía Motorizado”, banda que desde hace ya un par de años, da para hablar largo y tendido.
Recuperadores de la veta punk del “Kraut” de la banda alemana “Neu” y de la corrosión “noise” de bandas de los 80, como Sonic Youth o Dinosaurio Jr, la febrilidad punk de sus canciones, no están por ello exentas de ductilidad y frescura.
Así con un despliegue descarnadamente potente, pasan temas como “Amigo Piedra”, “Viejo Ebrio y Perdido”, “Chica Rutera”, y la balada “Vienen Bajando”.
Después llego el turno de “Navidad en los Santos”, tema sublime en emoción y virulento en adicción emotiva, que define el concepto “kraut-punk”, con que la banda inició su triología que cerrara el año entrante y que comenzó con “Navidad de Reserva” (2005) y continúo con “Un Millón de Euros” (2006).
Si el corazón es un lugar donde se ubican los sentimientos y de ahí se despliegan las pasiones y deseos, nada mejor que depositar al líder de “El Mato”, para reflejar la devoción que con su perfomance siente por el rock.
Santiago es clave a través de la entonación vocal y desempeña a partir de esta, (cuando el tema lo amérita), toda una ola de alegría incluyente, en dónde el escucha se siente partícipe de un fiesta dónde el elemento a degustar y compartir es el mismo rock.
Bien seguido por sus compañeros, (“Willi”, con su batería aceitada y su particular uso del redoblante, y “Pantro” y el “Niño Elefante”, disparando la dosis de electricidad necesaria en las guitarras,) para que con el correr de los temas los oyentes se sientan transportados en un frenético y emocionante viaje musical, donde la meta de llegada, determina de antemano, un grato paraje, tanto para los que la construyen, como para los que los disfrutan escuchándolos.

El cierre estuvo a cargo de Los Peyotes. Banda que a partir de su estética parece extraída de alguna fauna surrealista australiana o polinésica, y en la cuál el Garage, ago-ago y Tex-Mex (género nacido en el Estado de Texas, y que mezcla la música norteña mexicana con el country norteamericana) de sus temas, parece acertadamente “aggiornado”, al contexto nacional.
La bada parece sonorizar algún film ácido de Roger Corman, y mediante la guitarra fuzz y los sonidos del Farfisa, logra una cierta atmósfera sonora, “Inca-apunizante” que pareciera evitar caer en el arquetípico cliché del anglo “ago-ago” musical, para mimetizarlo en una especie de “aju-aju” musical, que se recorta principalmente en la figura de su cantante “David Peyote”, (como si el burrito Ortega, se hubiera ido de trasnoche a puro peyote y de repente se encuentre al comando de una banda de tijuana).
El frenesí de su música es estertóreo, sin dar ningún tipo de respiro, así pasan temas notables como “Vampiro”, “El Humo te hace Mal”, “Psycosis”, “Chacalón”, para después ironizar todo tipo de intento de moralidad estética o musical, con el tema “Cumbia”.
La noche cierra a puro vigor , con los temas “Brotherhood” y “Vos no sos mi amigo”. Toda una óptica estrosbóscopica de música, donde con el correr de los temas, un halo ácido y psicodélico, pareció abrazar a banda y espectadores.
Así cerro una nueva fecha del ciclo Konex, en la cuál la diversidad de las propuestas ofrecidas fue interesante recorriendo todo tipo de elementos y géneros que atañen al rock desde hace más de 40 años, y que hacen a la vida y vigencia del mismo. Casi como los orgános e impulsos vitales que el cuerpo humano necesita para poder recrearse y renovarse, desde el mismo intelecto, hasta las pulsiones que determinan el flujo sanguíneo.
La pregunta surge entonces, frente a la diatriba constante de entender el rock nacional en patrones de modernidad según la actualidad rock británico o norteamericano, (los cuáles desde hace ya un par de años, han declinado ostensiblemente su nivel, al punto que del “maistream” reciente solo se destaca la frescura y vitalidad de los Artic Monkeys entonces: , ¿Hace falta pagar 100 pesos para tener que ir a buscar rock supuestamente serio y actual, escuchando bandas foráneas que hacen covers de Pink Floyd, teniendo siempre como espejo de idoneidad creativa todo elemento exterior, cuando con una sola oreja, cualquier persona sabe que “Navidad de Reserva” (disco de el Mato del 2005), suena conceptualmente mucho más renovador que cualquiera de los Kaiser Chiefs o The Fratellis?.
Bernardo Damián DimanMenendez

miércoles, 31 de octubre de 2007

Junkie Rock Show


El pasado sábado bien entrada la madrugada, la agrupación DDT, se presentó en el Salón Pueyrredón. Con 15 años de carrera, y diversas formaciones, a partir de la separación del grupo original en 1999, Sharly su líder y cantante, aporta cada vez más, con el paso del tiempo, esos granos de arena, que hacen de aquellas personas que transitan con talento por el lado sinuoso de la vida, antihéroes plenos con inquilinato asegurado eternamente, en el lado oscuro y seductor del rock.

La noche ya era tarde, demasiado tarde, casi las 4 y 30 de la madrugada. Ya algunos habían atesorado algún cortejo que horas atrás había empezado y otros, en cambio, sin obtener los resultados esperados, buscaban cobijo en los vapores etílicos.
El show de D.D.T, abre con “Dandy Rock Club”, uno de esas gemas musicales que Sharly y los suyos ofrecieron como intentando hacer una pangéa del sónido sónico y la fuerza punk.
Las quintas distorsionadas con cámara de la Gibson Les Paul, asoman, mientras los fraseos nasales y veborrágicos a la vez, encajan simplemente perfectos, logrando un tema bailable y efusivo a la vez, que es finalizado, con la melodía “cocktail teenager” del final.
Le sigue otro tema de los clásicos como es “Souvenir”, en dónde se ve como el hardcore inicial que influenció a la banda, busca a través de un funky aceleradísimo y cortes abruptos, preparar al tema para que se acelere frenéticamente con el devenir del estribillo, en dónde la letra, es letalmente sexual y funciona como una especie de manifiesto histérico de la pulsión provocada por el avisoramiento de “buenas carnes” femeninas. .
Estos temas, quizá son una pequeña exposición del recorrido musical, de para muchos la banda más interesante que transitó los 90’. Básicamente los 3 discos, editados por DDT por aquellos años, buscan hacer pie, en el famoso slogan del rock, ese que habla de “sexo, drogas y rock and roll”. El primero “Sexcaletric”, a través de los fraseos vocales, (escuchar las “s” cantadas a la velocidad de la luz), que pronuncia Sharly, sumado a la combustión hardcore de la batería y el bajo más las guitarras cortantes, hablan de una narrativa constante en tocar tópicos relativos a maremotos orgásmicos juveniles y la ansiedad que estos producen. El segundo disco “Modelo 96”, parece encontrarse en un plan hedonista, dónde la experiencia con sustancias non-sanctas, sirven para narrar el ridículo del mundo estético y filosófico de los 90’, en Argentina. Casi como si Tula, hubiera entrado en el Vip del cielo, y en el encuentro se genere una atmósfera de modernidad que acaricia lo “Tecno-lumpén”.
El tercero, “Simpatía por los Demonios”, y depositándose como previsores del destino “kamikaze”, al cuál la misma esencia de su música los llevaría, es solo “rock”, pero del crudo y visceral, sin caer en ningún tipo de argucia marketinera. Ya no hay ganas de experimentar, ni de ironizar, sino solo de enfrentar la decepción del fin de siglo, a puro rock and roll. El disco, sirve como ejemplo perfecto para cerrar una década en la cuál, muchos creíamos que hacia fines de la misma, íbamos a estar bailando temas de Los Peligrosos Gorriones, y decepcionados nos encontramos, que en el ámbito de cualquier disco, ya solo había espacio para la murga.
Le sigue a continuación temas más recientes como “Rocketer”, “El Corte Inglés”, “Stanley”, “Avant-Garde” y “El Último Grito de la Moda”, canciones dónde el juego que propone el “Demonio del under”, es otro. Vapuleado ya todo dogma alterativo de alternatividad, los temas van a tratar sobre la genealogía urticante de la “universidad de la calle”, ya sea históricos (en el “Último grito..”, se ironiza sobre el famoso asado de los fieles peronistas), y la música enmarcada sobretodo en una guitarra ebria de Funk-Punk, adornada de bases electrónicas y aprovechando la capacidad guerrera y aplanadora de su baterista, Mauro Riccieri (baterista enérgico que parece “aletear” la batería como si fuera un tábano del trópico perdido en Buenos Aires), va a determinar que el recordado “anarco” de la disco de “Modelo 96”, se deposite en el baile de la vida misma, con los tropezones y goces que esto acarrea.
El show cierra con “Weekend”, tema pionero en el ámbito local, en lo que respecta al tecno-rock, y dónde la canción ya clásica, sirve como cierre perfecto, de la dinámica adictiva y desafiante, (casi bordeando un heroico grotesco), que de la mano de “Sharly”, la banda propone en cada show.
Así paso DDT, banda ya con 15 años de trayectoria, que a través de su arte, siempre pareció emanar una música que podríamos denominar como “Bonzo Rock”, a partir de sonar demasiados punks para los alternativos y demasiados sónicos para los punks, pero que pese a esto, cae siempre bien parada, (a partir de la “iconicidad” de su líder), en el valioso lugar de perfectos antihéroes, que nos sirve para dar cuenta de un adecuado concepto del rock y la vida misma, frente a la dudosa reputación “aséptica”, que encontramos en las numerosas bandas de estadio o que periódicamente recorren los corporativos festivales de música actuales, o acaso, ¿Vos crees que todo está bien en el rock de hoy en día ?

Bernardo Damián Dimanmenendez

jueves, 25 de octubre de 2007

La Cuestión del gusto, un muro aún infranqueable


El pasado martes las agrupaciones The Tormentos, Michael Mike y El Cuarteto de Nos, inauguraron el nuevo ciclo musical de primavera en la ex aceitera Nidera. Cada banda expuso su manera de entender la música, aunque en el fondo el hiato que no permite entender claramente el concepto de rock, quedó demostrado una vez en la carraspera reaccionaria de parte del público.


Últimos fríos del año como resabio final de un crudo invierno que quedará en la memoria de todos, tanto por los resfríos interminables como por la histórica nevada producida.
Quizá el rock tuvo un mandato original en el cuál más allá de la calidad musical o de interpretación del mismo, ponía como plusvalía implícita y valiosamente agregada, la composición democrática de su práctica, cualquiera sea la persona ejecutante o el tipo de variante genérica musical practicada, sin embargo, algo paso en el camino para que en el supuesto libre albedrío que se predica, (cada vez que se habla de la importancia multiculturalista del siglo XXI), en realidad se esconden las fauces feroces de un perverso ejercicio de mercadotecnia, a partir del cuál el arte y particularmente la música, sufre de este exceso, cayendo en una solemnidad de parte del público, que roza la disciplina más férrea practicada en algún puesto fronterizo de gendarmería (como si fuera un tribunal que ejerciera una justicia “Plutocrática”), en lugar de incitar la supuesta libertad de formas que envuelve a algo tan ecléctico como la misma cultura rock.
La velada se inicia pasadas las 8 y media de la noche, con la aparición de la agrupación smusical The Tormentos. Banda homogénea y sólida musicalmente, desarrollan un surfer ácido y acelerado, como si de repente, se tratara de la banda de sonido de alguna película de Russ Mayer o de “Spaghetti Western”, y en cada acorde de guitarra, o golpe de batería, aparecieran súbitamente espectros fantasmales de Tura Satana o de Clint Eastwood.
Conscientes de sus virtudes y defectos, no caen en ninguna dosis de fetichismo estético, sino que retrotaen de manera acertada una atmósfera visual y sonora.
Extraída su vestimenta del buen manual “fifty americano”, su performance fue seductora (destacándose “Ufo Incident”, “Tormentos”, “Dagstrip Night” y “Bad Day on the Midway”) pese a algún que otro problema técnico (rotura de cuerdas y “tacho” de batería), que les jugó en contra y comenzó a potenciar cierta penosa irritabilidad del público concurrente.
Una hora más tarde Michael Mike, los nuevos “hijos del rock”, en el sentido de su renovadora y seductora propuesta musical, que produce la revitalización del género musical, despertando a través de su arte la chispa innovadora y necesaria, para demostrarle al oyente que lo nuevo viene de la mano del riesgo y valentía para doblar dogmas o conceptos artísticos establecidos, (sumado obviamente a la dosis necesaria de ingenio), como ocurre, con los grandes talentos en cualquier actividad ya sea artística, científica o deportiva.
El show, abre con el “El ritmo que pide el barrio”, luego pasan por esos temas plenos de “alterlatinidad” sonora como lo son “El Amante Latino”, “Rojo + Que Negro”, “El Andén”, entre otros, y cierran con la pegadiza “Charly Border”.
Poco antes del cierre, ya se escucharon un par de pequeños abucheos, a lo que en un momento uno de los integrantes sugirió irónicamente y a viva voz, a otro de la banda : “Che Cuca, creo que nos están abucheando, ¿que hacemos?”
El show de Michael Mike demostró, (más allá de que el nivel de sonido estuvo por debajo de lo normal), porque son una de las promesas más interesantes del rock nacional, a partir de su versatilidad y frescura para desempeñarse en vivo, más allá de que el contexto, no sea el predilecto, pero justamente una banda se pule constantemente, imponiéndose a cualquier aspereza, sino recordar las mil y un naranjas que los “cadáveres hippies” arrojaron contra los Virus, en el Buenos Aires Rock del 82’, por lo que ya sabemos de antemano que justamente la masa nunca es indicadora de idoneidad en lo que respecta a geometrías creativas.
El cierre estuvo a cargo del Cuarteto de Nos, grupo de una larga trayectoria que tiene más de 10 albúms editados, y que han mutado hacia un sonido más “aggiornado” a melodías rioplatenses como lo son el candombe, o la murga, a partir de la edición de su último disco “Raro”, en dónde se ve la incidencia del sonido latino con que se produce últimamente a numerosos conjuntos rioplatenses, a partir de la idea de preconcebir toda banda de esta parte del mundo, como si fuera un “tropo” (o sea la idea de emplear algo con fines estéticos para que estos le aseguren un rédito comercial).
Pareciera ser que el sonido Santoalla es tomado, como un ángel que salvaguarda a los artistas de inmiscuirse por cualquier camino no aventurado, cuando justamente lo que hizo grande al rock, fue el atrevimiento de los músicos de perderse por caminos vírgenes y en cuya exploración los defina como conquistadores de un nuevo mundo de sonidos y formas compositivas. Esto, sintéticamente es un craso error, porque si sabemos de quién esta detrás Santoalla, (más allá de sus dotes artísticos, que igual siempre son discutibles, porque en última instancia es un ser humano como todos), determina que el arte de las bandas, se pierda en un mero ejercicio de mercadotecnia.
Aquí el hecho no es discutir la trayectoria ni la cualidades interpretativas del Cuarteto de Nos, (el sonido estuvo bien pulido cuando tocaron, destacando entre otras, las “hiteras” “Nada es gratis en la vida”, “Yendo a la casa de Damián”, “Ya no se que hacer conmigo”), pero si es de mencionar, la decodificación de la imagen acústica del arte ofrecido que realiza su público.
Es una constante que personas que no superan los 25 años, entiendan al rock, como un elemento donde lo que determina el buen gusto, sea mostrarse como un misógino carente de repensarse como ser humano, sensible y sujeto a todo desmedro corporal y cognitivo. Esa especie de prefiguración “vikinga”, como si fuera el rock algo estoico, forma parte de una “perestroika”, que confunde la esencia amorfa del rock, con las reglas de un regimiento patricio.
Así paso otra noche de música, en dónde una vez más queda la incógnita, de que si por una cuestión de falta de curiosidad, o por el achatamiento cultural y económico que el país viene sufriendo, la sensibilidad en la forma de entender al arte, ha quedado tan lapidada, que muchos escuchas de rock, aún no pueden diferenciar que lo nuevo, hace a la renovación y al cambio del punto de vista conceptual de la mismo música, o acaso ¿No se preguntan que escucharían Brian Jones o Syd Barret si estuvieran vivos?.

Bernardo Damián Dimanmenendez

miércoles, 17 de octubre de 2007

Gondóla idónea


El pasado miércoles en Claps se presentó El Carro de Yaggernat . En tiempos dónde la esencia del cantautor de rock, parece encontrarse olvidada en un cúmulo de “fashionismo” y sobredosis estética, el carruaje musical de la banda, recupera la tragedia vivida del mejor “Pub rock” de fines de los 70’, ese que narra la contradicción de ser cosmopolita y a la vez, sentirse plagado de vísceras espirituales que alimentan eternamente las mieles de los poetas salvajes.

Claps, era el lugar dónde “El Carro de Yaggernat” haría su presentación, y tal vez la atmósfera subterránea que envuelve el lugar, una vez descendida la escalera, ofrece un espectro contextual, para que la esencia de su música, se acomode de manera idónea al concepto de “pub rock” (ese que sirvió de embrión al New Wave neoyorquino, y que tuve como máximos exponentes a Tom Verlaine de Televisión y a David Byrne en sus inicios con los Talking Heads), que parece bajar a través de las letras y la sonoridad de sus temas.
El alma salpicada de todo los vaivenes que recorren el laberinto asfáltico, quedando como opción de salida, la catarsis del mismo arte.
Así la música de “El Carro de Yaggernat” posee esa arritmia melódica, que parece extraída del mismo pulso que embriaga las venas del ser humano sensible y a la vez voyeaur, de todo el grotesco epiléptico de la vida del siglo XXI.
Abren con “Globo Sonda”, y ya desde el comienzo, el corazón musical de los Yaggernat sigue la arritmia cerebral de su cantante Aníbal Paz. A partir de esto, la banda teje una especie de decorado musical sobre las letras, acomodándose y aprovechando la capacidad de intérprete esquizoide de su cantante, de esta manera la base (batería y bajo), entran de manera adecuada según el vuelo vocal, y la guitarra a través de un prolijo sonido evita los acordes pesados, entrando en el juego de arpegios y minimalismo de riffs y solos, que sirve para alumbrar la voz, como si fuera esas fogatas campestres dónde las chispas tiñen un paisaje perfecto de descanso y redención ante tanto abatimiento espiritual.
Así evitando cualquier exceso, que los lleve a formas musicales en dónde el exceso los lleve a incendiarse y descolocar su naturaleza sonora, la banda sigue con “Once”.
Si el poeta trágico le canta a su dolor contextual, cae por decantación que si de selva cosmopolita hablamos, ninguna muestra podría ser más efectiva que citar al barrio de más variada fauna, donde al caminar se explora visualmente a cada paso, el universo ecléctico y multiforme de la raza humana, como si uno alunizara en un planeta exterior y lo más cercano a algún sesgo de humanidad, sea mirarse por un momento las propias manos para tratar de reafirmar que todavía estamos en el planeta tierra.
Le sigue “I was Stending”, casi como huella de un camino pasado de los yaggernat, ya que la capacidad vocal y de avizorar pequeños mapas de frenesí y contusión del alma que dan cuenta sus letras en castellano, hacen necesarias la regionalización local de sus letras, actualizando un legado que mezcla la tragedia sentimental y la ironía espiritual del primer “Palo” Pandolfo de “Don Cornelio y la zona”.
Arrítmicos, cerebrales y sobretodo plagados de una mimética intimista que los deposita como decoradores musicales, más que como performers de grandes escenarios, el tracto digestivo de sus temas, logran caer acertadamente fluidos para el oyente harto de los shows y grandes festivales, en dónde la cuestión de pertenencia a la cultura rock, pasa más por un ejercicio de mercadotecnia, que por la misma música.
De este modo los Yaggernat van hacia acertadamente hacia el mismo “neardenthalismo” del rock, ese que une en misas intimitas las ganas de contarle algo al mundo de los mismos músicos y de lograr el regocijo de los oyentes al escucharlas.
Píldoras sonoras psicotrópicas siguen partiendo del escenario, y así pasan “Xul-Solar”, “Reggae Nº1”, “El Cúmulo”, “Wait” y cierran con “El invierno”, en dónde la banda pierde acertadamente su aceitada musicalidad, para derramar un semén desprolijo instrumental como si fuera un coito incestuoso y fatídicamente seductor.
Últimamente es de notar en la música, una brecha entre el cantautor que narraba la ironía y al ridículo de la vida misma, aceptándose como un absurdo y pleno de errores más allá de su nivel cognitivo, (recordar la famosa frase nitzcheana pese a los alardes wagnerianos “Yo soy feo”) y el que hace de la tragedia solo una exploración “egonomaníaca”.
A partir de lo expuesto por El Carro de Yaggernat, se recuperan esos valores que depositan al verdadero poeta, del lado más idóneo: El salvaje, y que lejos esta de buscar su inspiración en alguna góndola de tatuajes de La Bond Street.


Bernardo Damián Dimanmenendez