miércoles, 18 de junio de 2008

La Utopía es personal


El pasado sábado, Mármol R y El Carro de Yaggernat, se presentaron en el Centro Cultural “El Surco”, en Boedo. La división del rock, por lo general de manera reduccionista, deja nichos musicales de particular composición. Mármol como el Carro, se depositan en dicho lugar, generando personales maneras de sonorizar la vida.

La música argentina puede ser vista, a simple vista como un muro, en dónde los cuadros genéricos musicales, que ubican a diferentes bandas según su estilo, parecieran a priori, definidos de antemano. Así, tenemos, punks, rockeros clásicos, metaleros, alternativos, electrónicos, etc. No obstante si nos acercamos con una lupa de mayor grosor al muro, algunos de los diversos estilos mencionados, parecen agruparse en dos bloques: “indie” y “mainstream”.
Hoy en día, más allá de las contradicciones que el “mainstream” pregone, es hora de que el “indie”, después de naufragar durante varios años, entre subterfugios de oscuridad y “naif” sentimentalismo, enfoque sus discursos hacia vivencias que deben recorrer musicalmente y líricamente, a toda una juventud argentina que no para de refugiarse en los primeros “títeres” que los medios enfocan.
Primer caso para una utopía musical: Narrativamente se debe ser poeta “virulentamente” infectado por el desfalco sentimental. Contar y narrar las vísceras espirituales, que nos alimentan, y que forzadamente digeridas nos hacen más fuertes.
Mármol R: “Hay muchas formas de rechazar un planteo, Así no se mata a un criollo. Semanas y semanas de respuesta virtual, eso no es de hombres. Me dijiste que no sabías, sabías actuar, que eras llena de ingenuidad, no, no, no, Yo te lleno de...”
El Carro de Yaggernat: “Creo que fueron los últimos días acá. También creo que fue que el vacío, nació del invierno. Y nunca dudes frente a una niña que goza, y nunca dudes frente a una niña que piensa. Porque quiero que pienses que tus últimos días no estarán dentro del placard”.
En el “dolo”, en lo no legible del sexo opuesto, hay resurrección a través del arte. Pero sin empache de honestidad, sino solo con lecturas simplistas que atañen a lo irresolutivo de muchas cosas que rozan el “querer”, pero chocan contra el no poder.
Segundo caso para una utopía musical: Hacer converger de manera sumamente personal, toda la música que aturdió nuestros oídos desde chicos.
Mármol R: Sin batero, y en una época de transición, recuperando el “sonidismo” de teclados, gracias a la vuelta de Martín Salas, y apoyados por los golpes “ninjas” de caja rítmica de Juan Milanese. La voz, desesperadamente pervertida de Andrés, cala perfectamente en las guitarras juguetonas que tiñen sus melodías. El “cockatil” de recuperación de toda esa confesionalidad moderna y desolada, que tanto dió que hablar en grupos argentinos de los 80’, y que mal leído fue en los 90’ por los poetas que caminan las veredas, descansa en un “habitat” sonoro peculiar, y exento de cualquier latifundio expresivo.
El Carro de Yaggernat: Personales, desde la voz afectada de Aníbal Paz, y las guitarras entre “etéreas” y “volátiles” de Alejandro Valdez. El carro, es el sueño de cualquier arquitecto que luego de contar sus frustraciones personales manejando un taxi a pasajeros ocasionales, se deposita en algún bar de dudosa reputación, y necesitado de música que sintonice con sus vaivenes anímicos, esta lo impulse a dibujar proyectos postergados que algún día serán realidad
Tercer caso para una utopía musical: Hacer que la agrupación sea única. Tanto por motivos o necesidad imperiosa de contarle al mundo, historias tan reales, que marginados que nadan a la deriva en los laberintos de la vida misma, o afectados por la falta de estímulos básicos, (amor real, ese que contadas veces se encuentra); localicen un almohadón de sonidos, que fuera de toda clase, color, religión o filosofía, forme una “pangea musical imaginaria”, tan abarcadora, que la conexión expresiva invisible, se haga infinita hasta china y porque no Taiwán.
Mármol R y el Carro de Yaggernat: confesiones biológicas, analfabetismo sentimental, disfuncionalidad social, histerias animadas en el exceso de sensibilidad, rompimiento de frecuencias pretenciosas o fuera de lo que la cúpula celeste, nos depara diariamente. Ese borrón y cuenta nueva, (ese nicho escondido en la pared), que todos nosotros mientras la sangre circule caliente, nos debemos mínimamente alguna vez, en la vida. Para que los sablazos recibidos y las cabezas “rotas” contra la pared, puedan cicatrizar heridas profundas, y las marcas escritas en el cuerpo, sirvan como testamento de que salvo la muerte, todo tiene solución, y las flores, con garra y pasión, nos esperan a la vuelta de cualquier esquina.

Bernardo Damián Dimanmenendez

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